Y, ¿Cómo era Enrique IV?

Aquí va el informe de la exhumación de la momia de su hermano, el rey de Castilla Enrique IV, enterrado en el Monasterio de Guadalupe, exhumación que realizó en 1946 el doctor e historiador Gregorio Marañón:

EnriqueIVEra notorio que Enrique IV, en la disposiciones verbales con que, al parecer, cerró sus cuentas en este mundo, dispuso que fuera sepultado su cuerpo debajo del de su madre la reina doña María, primera esposa de Juan II, en el Monasterio de Guadalupe, del que ella fue devota y también favorecido por el rey su hijo.

Quitada la tabla medio-relieve que se encuentra debajo del cuadro de la Anunciación, en el lado del Evangelio del altar mayor, quedó al descubierto una galería, con bóveda de medio cañón y arco apuntado, donde había dos cajas de madera, lisas, del siglo XVII. En una de ellas se encontraban los restos momificados, pero muy destruidos, de la Reina Doña María, envueltos en un sudario de lino, cuya momia no ofrecía materia de estudio. En la otra caja, los restos de Enrique IV, envueltos en un damasco brocado del siglo XV, sudario de lino, restos de ropa de terciopelo, calzas y borceguíes. Se procedió a la medición antropológica de la momia y examen de las telas, retirando un trozo pequeño de damasco para su estudio, el cual pasará al Museo de telas y bordados del Real Monasterio.

De ropas quedan solamente las mangas de la túnica, que era de terciopelo morado liso, y fragmentos casi deshechos de lienzo basto, residuos de la camisa u otras prendas interiores. Bien conservadas, una polainas de cuero recio, que llegan por delante hasta encima de las rodillas y por detrás hasta las corvas, y son de color oscuro y completamente lisas, al parecer. Nótese que las crónicas hacen constar cómo el pobre rey se echó en la cama a medio vestir, con miserable túnica y calzados unos borceguíes moriscos, que le dejaban los muslos al aire. Aún consta que así los llevaba de continuo sobre los zapatos. Estos faltan, y todo inclina a creer que se dejó el cadáver sin ceremonia de lavado ni mortaja ni accesorio alguno: caso tan miserable de incuria quizás nunca se haya visto.

El paño de brocado a que antes se aludió, no va puesto como capa, sino extendido, y es a un lado donde se le aprecia una escotadura muy abierta, como para el cuello; mas de la forma y tamaño no pudimos hacernos cargo; sólo que carece de forro y de guarnición. Es pieza de gran estilo; terciopelo verde aceitunado, destacando sobre fondo raso un ramaje ondulado con florones, ya provistos de núcleo central tejido con oro, ya enteramente de esta misma labor en oropel u oro de Chipre, dispuesto con espolines y circunscrito, por consiguiente, a sus campos exclusivos. En conjunto resulta una composición perfectamente equilibrada y bellísima, a golpe de florones en posición alternada y brotando de troncos nudosos con algo de hojas, y cuyo vellutado opulento resalta sobre el campo raso y más débil de entonación, aunque también verde: un sentido semioriental semigótico presidió en esta magnífica obra.

El ancho de la tela alcanza a 62 centímetros, sin las orillas, que llevan dos fajas de colores blanco y rubio en labor de sarga. Es probable que esta prenda fuese ya vieja cuando se la empleó aquí, pues aparecen otras de arte análogo en pinturas italianas de la primera mitad del siglo XV, así como es notorio que hacia 1470 eran ya lo corriente otros brocados a base de flores de cardo y con grandes desarrollos .Telas de este mismo estilo, aunque sin oro, se adjudican a los talleres venecianos, y de ellos saldría el ejemplar nuestro.

Si fue capa, como parece verosímil pudo servirle de atadero una cinta, que apareció suelta por encima de la cabeza. Su largo, cerca de un metro; ancho 13 milímetros; su labor exactamente como las cintas de los sellos en diplomas castellanos del siglo XIV. Va tejida a mano, formando cadenetas falsas, con hilos torcidos de lino, pardos, rojos, blancos, amarillos y azules, rematando por un extremo en borla hecha con los mismo hilos, a partir de un nudo en que se entrelazan cordoncillos verdes y rojos. Al parecer, esta cinta iba prendida por su mitad en dos cabos de a 80 centímetros, incluyendo la borla.

Y ahora, unas palabras sobre el cuerpo de los reyes:

El de Doña María es la momia de una mujer de talla media, sin nada que anotar. Aquella pobre señora, muerta joven, agobiada de sinsabores y con sospechas de haber sido envenenada, es hoy una carroña como las demás, amputadas las piernas para acomodarla a un féretro reducido.

La momia de su hijo está, como antes se ha dicho, bastante bien conservada. La desecación de los tejidos blandos ha borrado los caracteres propiamente vitales del rostro y del cuerpo, dependientes de la frescura de los tegumentos; pero las proporciones y el aspecto general del organismo se pueden observar casi tales como en vida fueron. Una momia es un esqueleto que se mantiene armado por el forro de la piel apergaminada y permite estudiarla en su conjunto.

Lo primero que destaca en la momia de Enrique IV es su corpulencia. El féretro es mucho más largo que el de la reina madre y no se pudo extraer de su tumba por el estrecho ventanal abierto en el retablo. Fue preciso examinarlo entrando nosotros, como pudimos, en el interior de la cripta.

A esto se debe la imperfección del retrato de conjunto, que, a pesar de la habilidad del Sr. Calparsoro, no se pudo lograr más que en proyección forzada y con mala luz.

La cabeza, espontáneamente desprendida del tronco, como es frecuente en los cuerpos momificados, se sacó a la iglesia y, colocada en el altar mayor, sobre uno de los trozos de paño que envolvían el cadáver, pudo ser fotografiada con más holgura y perfección.

La talla actual de la momia es de 170 centímetros. Se calcula que la momificación completa disminuye la talla del vivo en 12 o 15 centímetros, al desecarse los discos intervertebrales y el resto de los tejidos. Si a ello se une en nuestro rey el desprendimiento de alguna de las vértebras cervicales que ligaban la calavera a los hombros, puede, sin temor a errar, calcularse en mas de un metro y ochenta centímetros la talla que don Enrique tuviera en vida.

La cabeza y tronco son muy recios: la anchura del diámetro superior del vasto pecho alcanza a 50 centímetros, igual que la de cualquier varón robusto vivo, y la anchura de las caderas es igual a la del tórax. EN la fotografía de la momia se aprecia bien este detalle, que se acentúa y corrobora por la exagerada convergencia de los muslos, más parecida a la disposición de la mujer que a la del varón, en el que, por ser la pelvis menos ancha, las líneas de los muslos descienden casi paralelamente.

Las piernas son notoriamente largas en proporción a la altura del tronco, según puede comprobarse en la fotografía correspondiente aún con el descuento a que obliga la forzada proyección con que fue tomada. Ningún detalle puede anotarse respecto de los brazos, cruzados para el descanso eterno sobre la parte baja del pecho, ni respecto de las manos, con dedos que aparecen recios y largos en cuanto deja ver la destrucción del tiempo, así como en los pies. Lo que queda de éstos muestra una inclinación exagerada hacia fuera, en la posición llamada pie valgo.

Anotemos ahora, con satisfacción de historiadores, el perfecto acuerdo entre estos datos directos y los que nos comunicaron los cronistas y viajeros sobre la figura viva del último Trastamara. Prescindimos de los retratos plásticos, balbucientes y quizás inspirados, más que en la realidad, en el recuerdo, y trazados bajo la sugestión de la mitología egregia: tal, el más conocido, del códice de Stuttgart, publicado en la relación del viaje de Jorge Ehigen, inserto en el libro de Fabié y después reproducido innumerables veces.

Muchos más valores tienen las descripciones literarias, y sobre todo la de la Crónica de Enrique del Castillo y su variante de la biblioteca de El Escorial que publicó: Rodríguez Villa. Enrique del Castillo, contemporáneo del rey y su capellán y cronista, nos dejó una admirable silueta de su señor, de la que un ilustre compañero nuestro escribió, con razón, que partiendo de ella “podría hacerse un acabado estudio fisiológico, psicológico y hasta clínico de aquel monarca”. Los datos que proporciona el otro gran cronista del reinado, Alonso de Palencia, no difieren en lo fundamental de los de Enrique del castillo, ni tampoco los detalles sueltos que, al pasar, apuntan los viajeros que visitaron la corte de Trastamar …

Madrid, 28 de marzo de 1947”.

Fuente: Post Facebook

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