Segovia y Enrique IV. Parte IV

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El Rey y sus cronistas mayores.

Como era el rey D. Enrique IV según el cronista Palencia.

enrique-iv-biblioteca-nacional (1)…<<Engañó repetidas veces a su madre y contrarió sus deseos de que amase a su mujer (entonces Dª Blanca de Navarra), haciendo en todo manifiesto alarde de ser enteramente ajeno al conyugal afecto. Bien claro lo demostraba el escaso trato con la esposa, las repentinas ausencias, la conversación a cada paso interrumpida, su adusto ceño y el afán por las excursiones a sitios retirados, no menos que el extremado descuido en el vestir. Usaba siempre traje de lúgrube aspecto, sin collar ni otro distintivo real o militar que le adornase; cubría sus piernas con toscas polainas y sus pies con borceguies u otro calzado ordinario y destrozado, dando así a los que le veían manifiesta muestra de su pasión de ánimo. Desdenó siempre toda regia pompa de cabalgar y prefirió, a usanza de la caballería árabe, la jineta, propia para algaradas, incursiones y escaramuzas, a la más noble brida, usada por nosotros y por los italianos, respetable en la paz y fuerte e imponente en las expediciones y ejercicios militares. Las resplandecientes armas, los arreos, guarniciones de los caballos y toda la pompa, indicio de grandeza, merecieron su completo desdén. Embrazó la adarga con más gusto que empuñó el cetro y su adusto carácter le hizo huir del concurso de las gentes. Enamorado de lo tenebroso de las selvas, sólo en las más espesas buscó el descanso y en ellas mandó cercar con costosísimo muro inaccesibles guaridas y construir edificios adecuados para su residencia y recreo, reuniendo allí colecciones de fieras escogidas de todas partes. Para cuidarlas y para alejar a las gentes escogió hombres rudos y feroces, que mientras él se encerraba allí con algunos malvados, recorrían con armas y a caballo las encrucijadas, ahuyentando a los que pretendían saludar al rey o tratar con él algún negocio, porque entregadoenrique-iv completamente a hombres infames, no acogía de buen grado a ninguna persona de esclarecido linaje o de notable ingenio. Bien se pintaban en su rostro estas aficiones a la rusticidad silvestre. Sus ojos feroces, de un color que ya por sí demostraba crueldad, siempre inquietos en el mirar, revelaban con su movilidad excesiva la suspicacia o la amenaza; la nariz deforme, aplastada, rota en su mitad a consecuencia de una caída que sufrió en la niñez, le daban gran semejanza con el mono; ninguna gracia prestaban a la boca sus delgados labios; afeaban el rostro los anchos pómulos y la barba, larga la cara, cual si se hubiese arrancado algo de su centro. El resto de la persona era de hombre perfectamente formado, si bien cubría siempre su hermosa cabellera con feos casquetes o con otra cualquier indecorosa caperuza o birrete y la blancura de la tez, con lo rubio de los cabellos, borraba las líneas del semblante. Era de elevada estatura, las piernas y pies bien proporcionados; mas, como dije, todo lo afeaba con su indigno traje y más descuidado calzado. A nadie daba a besar la mano contra la costumbre de los príncipes españoles, y aunque algunos lo atribuían a humildad, los hechos sucesivos de su vida demostraron que aquella apariencia de descortesía dimanaba de causa menos pura. Cualquier olor agradable le era molesto y en cambio, respiraba con delicia la fetidez de la corrupción y el hedor de los cascos cortados de los caballos, el del cuero quemado y aun otros más nauseabundos. De este modo que por este sentido del olfato podía juzgarse de los demás.

Tal era D. Enrique, cuando a los dieciséis años celebró aquella farsa de matrimonio.

Fuente: Segovia y Enrique IV – Antonio Jaén

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