Juan II y Enrique IV de Castilla… de tal palo, tal astilla.

La historia medieval del Occidente cristiano  guarda en sus anales secretos inconfesables que nos hablan de la homosexualidad de reyes, infantes y validos. Inglaterra se ha llevado la palma en esta clase de asuntos. Ricardo Corazón de León o Eduardo II, con sus amoríos de sexo igual, tuvieron continuidad en otras reales majestades británicas, desde la Edad Media, hasta llegar a nuestros días. Pero no podemos olvidar casos tan difundidos en otras monarquías europeas como el de Luis II de Baviera.
En la España medieval, la corona aragonesa tampoco se libró de habladurías sobre enredos palaciegos entre hombres, rompiendo las reglas de la tradición amorosa predominante. Y si no, que se lo pregunten al infante Don Jaime, primogénito del rey Jaime II de Aragón, que de esa clase de enredos sabía lo suyo. Pero ahora nos toca hablar de Castilla y, sobre todo, de Juan II de Trastámara y de su hijo Enrique IV, que amaron ambos como reinas, aunque la historia oficial lo disimule. Con ellos cumplióse el dicho: en Castilla, de tal palo, tal astilla.
LA PIEL DE TORO MEDIEVAL
A mediados del siglo XIV la Península Ibérica había dejado de ser algo parecido a un puzzle de pequeños reinos, para quedar reducida a cuatro reinos cristianos, Castilla, Aragón, Navarra y Portugal, y uno musulmán: la Granada islámica. Tras el enfrentamiento entre Pedro I el Cruel y su hermanastro Enrique II, saldado con la victoria del segundo en 1369, la Casa de Trastámara se había instalado en solar castellano y, posteriormente, también en Aragón, tras elCompromiso de Caspe de 1412, un acuerdo que puso fin a la crisis sucesoria habida tras la muerte del monarca aragonés Martín I el Humano. En ese tiempo, el poder político, económico y militar de Castilla, en sus orígenes un simple condado del reino de Navarra, se hacía cada vez más fuerte.
Descendientes de Enrique II de Castilla fueron los reyes Juan II y su hijo Enrique IV, a quienes sus contemporáneos tildaron de sodomitas, esto es de acostarse con hombres, al igual que, por su rama aragonesa, le pasó al infante don Jaime, hijo de Jaime II, quien, por si esto fuera poco para dar que hablar a sus súbditos, renunció a la corona y se refugió en un convento. No se conocen más casos similares en esta dinastía reinante, que se prolongó hasta Juana la Loca, a quien sucedió el emperador Carlos V, perteneciente ya a la Casa de los Austrias.
Los Trastámara, como es fácil suponer, fueron vitales en el devenir de la historia española de transición entre la era tardomedieval y la Edad Moderna. Con ellos se alcanzó la unidad de los territorios hispánicos en un solo Estado, nuevo y fuerte, dándose por concluido el período de reconquista contra los reinos musulmanes. Igualmente, se robusteció el poder de la monarquía frente a la nobleza, mermándose considerablemente los derechos forales de los distintos territorios.
¿Y en el asunto de la sodomía, cuál fue la actuación de los Trastámara? Pues se dio la paradoja de que, a pesar de que a dos de sus miembros reinantes -Juan II y su hijo Enrique IV- les gustaba, sin duda, yacer con hombres, fue precisamente Isabel I la Católica, hija de Juan II y hermana del rey Enrique, quien con mayor esmero endureció las penas contra los sodomitas.
ANCHA ES CASTILLA
Y es que, hasta bien entrado el siglo XII, la sodomía fue en cierto modo tolerada, siempre que tuviera lugar entre la aristocracia y el alto clero, y nunca fue reprimida con la pena capital. Es entonces cuando San Raimundo de Peñafortreinventa el término ‘contra natura’, acuñado por San Pablo. En el siglo XIII el código de las Siete Partidas de Alfonso Xel Sabio, inspirado en el de Justiniano, dedica extensas líneas a hablar de la sodomía e impone en su título XXI la pena máxima para este pecado ‘nefando’.
Es en el reino de Navarra, origen del condado de Castilla, donde, al parecer, se inicia esta dura inquisición contra la homosexualidad masculina. Se sabe que un moro de la villa de Arguedas fue quemado en la hoguera en 1290 por “yacer con otros”. Dos judíos de Olite corrieron la misma suerte en 1345 y un año después ardió un tal Pascual de Rojas, en Tudela. La sodomía comienza a confundirse con otros problemas graves, tales como el judaísmo o la herejía, y ya era utilizada en Europa en el proceso que terminó con los templarios, instado por Felipe IV de Francia, con el apoyo papal, y seguido después en la Península a instancias de Jaime II de Aragón.
JUDÍOS Y BUJARRONES
Durante los últimos años del Medievo hispano y, sobre todo, en la interpretación que se hizo en los siglos XVI y XVII, en el fondo del conflicto social contra la sodomía subyace el problema del judaísmo. Hay que tener presente que una de las razones esgrimidas para la expulsión de los judíos fue su aceptación de la homosexualidad, aunque sólo fuera sutilmente.
Por otro lado, judaísmo y homosexualidad masculina también aparecen conectados en la literatura española del Siglo de Oro. Así ocurre, por ejemplo, en la poesía de Quevedo. Esta misma corriente inquisidora llegó hasta los comienzos del siglo XX, cuando aún se llamaba ‘judíos’ a los homosexuales desde determinados círculos influenciados por la Iglesia católica, que los consideraban como una secta casi satánica. Pero no nos desviemos del asunto, y volvamos a la historia de Juan II de Castilla.
UN AMOR TAN ESPECIAL

Sin duda, el Trastámara Juan II y su valido Álvaro de Luna formaron la pareja masculina de amantes más famosa de todo el medievo hispano. La ejecución de Don Álvaro, urdida por Isabel de Portugal, esposa del monarca y madre de la que llegaría a ser Isabel la Católica, se interpreta a la luz de los siglos venideros, en concreto durante el XVII, como un episodio simbólico de represión contra la sodomía, eso que hoy designaríamos como homosexualidad masculina, que también se utilizó como arma política. Acusar a alguien de sodomita era una de las mejores maneras de quitárselo de enmedio.
Que Juan II de Castilla y su valido Álvaro de Luna tuvieron una relación que traspasó la línea de la política, adentrándose en lo sentimental, es algo que ya adivinara Gregorio Marañón en su Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla, escrito en 1930. Por encima de todo ello, Álvaro fue un personaje clave en los episodios históricos que tuvieron lugar durante el siglo XV, en los albores de un tiempo que anunciaba la construcción de España como nación.

Álvaro de Luna era hijo bastardo de un noble aragonés. Siendo paje de la corte castellana, ascendió de tal manera que pronto llegó a ser el personaje más influyente en el rey Juan II y, por ende, en toda Castilla. Además de astuto, era un seductor nato. Su atractivo físico encandilaba tanto a hombres como a mujeres. Por si esto no fuera suficiente, se metió en el bolsillo a la reina madre, abanderando a los partidarios del monarca, en pugna constante frente a la nobleza castellana. Y, lo más importante de todo, se ganó a pulso el amor de su pupilo, el joven y débil Juan II, que al quedar huérfano, aprendió de él todo lo que un rey debía saber por aquel entonces, incluyendo los goces de la carne.

DE TU RESPLANDOR, OH LUNA…”
Así se refería a don Álvaro el Marqués de Santillana en uno de sus poemas escritos contra el valido del rey, a quien sus muchos enemigos, principalmente los nobles castellanos, achacaban haber empleado maleficios para hechizar al monarca o se referían a él como ‘puto’, esto es sodomita, en alusión a las querencias que le prodigaba. Según la Crónica de don Álvaro de Luna, cuando Juan II le señaló como compañero para dormir con él en su aposento, el escándalo fue descomunal, aunque antes ya lo habían intentado otros, como el Adelantado de Castilla Pedro Manrique, sin conseguirlo.
El historiador Fernán Pérez de Guzmán, en sus Generaciones y semblanzas, afirma que aún siendo el rey “mozo y de buena complexión, y teniendo a su mujer moza y hermosa, si el Condestable se lo contradijese, no iría a dormir a la cámara de ella, ni de otras mujeres, aunque naturalmente era bastante inclinado a ellas.” Y, más adelante, escribe cómo el rey Juan “de noche ni de día quería estar sin don Álvaro de Luna, y lo aventajaba sobre los otros, y no quería que otro alguno lo vistiese ni tratase.”

Eduardo Cano de la Peña: “Entierro de Don Álvaro de Luna” (1858)
De Condestable de Castilla, Álvaro de Luna pasó a ser el hombre más temido, respetado y odiado de la corte. Aunque las presiones de la familia real y la nobleza, que sellaron alianza contra él, hicieron mella en su carrera y en su propia vida personal, siempre salió a flote, gracias a la lealtad inquebrantable de su amado rey Juan. La relación entre ambos se fue enfriando, debido a esas mismas presiones, hasta que el de Luna fue acusado de traición y sentenciado a muerte en 1453. El dolor y el arrepentimiento por haber firmado la sentencia que acabó con la vida de Álvaro de Luna precipitaron el final de Juan II, quien un año después murió para reunirse con su adorado valido, amigo, maestro y también amante. Poco antes había llegado a decir: “Naciera yo hijo de un labrador e fuera fraile del abrojo, que no rey de Castilla”.
Enrique IV, en la serie de TV Isabel
ENRIQUE EL IMPOTENTE
Aunque la homosexualidad del hijo y sucesor de Juan II, Enrique IV, era evidente, fue la imposibilidad de engendrar un heredero lo que, al convertirse en asunto de estado, dio al traste con su reinado. Ya de joven, el monarca gustaba rodearse de guapos mancebos. Notorios fueron los devaneos que sostuvo con Hernán Gómez de Cáceres o Juan Pacheco, marqués de Villena, que no afectaron a otros cortesanos y donceles, como Francisco Valdés o elCondestable Miguel Lucas de Iranzo, porque huyeron discretamente de la corte ante el real acoso.
Enrique IV se casó en primeras nupcias con Blanca de Navarra, a quien repudió por estéril, para

esconder lo que en realidad era incapacidad suya para consumar con ella el acto sexual. Con su segunda esposa, Juana de Portugal, mujer de una belleza embriagadora, las cosas no sólo no cambiaron, sino que fueron a peor. Según cuentan las crónicas, sobre todo la de Alonso de Palencia, Enrique rozaba el ridículo en su afán de mostrar a sus fieles vasallos cuánto se esforzaba por complacer, sin conseguirlo, a su adorada, aunque no deseada, esposa. Se hacía azotar en las nalgas o se untaba ungüentos abrasivos en los genitales mientras intentaba cumplir con sus preceptos maritales. Incluso mandó traer de Italia a unos embaucadores que le indicaban realizar posturas coitales más propias de un artista circense. Pero todo era inútil.
Beltrán de la Cueva, en la serie de TV Isabel
TRÍO EN PALACIO
Cuando, al fin, la reina Juana quedó embarazada de una niña, las facciones contrarias al rey se negaron a admitir que fuera hija legítima de Enrique IV. También corrieron la noticia de que el padre de la criatura no podía ser aquel rey impotente y sodomita, sino Beltrán de la Cueva, un valido por quien el monarca bebía los vientos y que frecuentaba los rincones más íntimos de palacio. De esta forma, Beltrán se convierte en el hombre bisagra del reino, ya que, a la fuerte relación personal que tenía con Enrique se unía la familiaridad con que era tratado por la reina. Dicho de otro modo, y como cantaban los juglares de la época, la pareja real formaba con Beltrán de la Cueva un trío de lo más compenetrado, en el que el valido repartía sus desvelos a partes iguales entre la pareja real.
Enrique IV acabará siendo destronado, lo que propició el ascenso al trono de su hermana Isabel la Católica, ante la negativa de la mayoría de la nobleza castellana a reconocer la legitimidad de la joven heredera, que pasará a la posteridad como Juana la Beltraneja, en alusión a su supuesta paternidad. En la Farsa de Ávila de 1464 el marqués de Villena y otros nobles contrarios a Enrique IV colocaron una estatua de madera del rey, a quien depusieron simbólicamente y ridiculizaron como maurófilo (amigo de los musulmanes) y como ‘puto’ (sodomita), negando su paternidad sobre la heredera al trono, y entronizando a su hermanastro, el infante Alfonso, que murió inmediatamente después en extrañas circunstancias. El mismo monarca aceptó a su hermana Isabel como legítima heredera al trono en elPacto de los Toros de Guisando, aunque luego se retractara de haberlo hecho.
Recreación de la “Farsa de Ávila”
PUNTO Y APARTE
Después de Juan II y su hijo Enrique IV no se conocieron en Castilla nuevos casos de monarcas o infantes a quienes se achacara haber amado a otros hombres, ni tampoco en el reino de España, bajo los Austrias. Si los hubo, quedaron relegados al armario más recóndito del palacio. Sonado fue el caso de Antonio Pérez,  secretario y mano derecha de Felipe II, conocido en la corte como ‘El Pimpollo’ y que fue amante del príncipe de Éboli. Con los Borbones, la familia dinástica que tomó el relevo, ocurrió más de los mismo, si bien estuvo a punto de ser acusado de sodomía el propio Felipe IV, quien paradójicamente fue el mayor perseguidor de sodomitas de entre todos los reyes de España. Una excepción, muy tardía, a esta regla la representa el rey consorte Francisco de Asís de Borbón, marido de Isabel II. Pero esa es otra historia.
Para saber más:
Fernando Bruquetas de Castro, Reyes que amaron como reinas, Madrid, La esfera de los libros, 2002.
Manuel Fernández y González, Enrique IV (El Impotente) o Memorias de una reina (novela histórica), Madrid, J. Ruiz de Morales, 1854.Gregorio Marañón, Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo, Madrid, Espasa Calpe (Col. Austral), 1941.

Gregory S. Hutcheson, Desperately seeking Sodom. Queerness in the Chronicles of Alvaro de Luna, en: Queer Iberia, Sexualities, Cultures and Crossings from the Middle Ages to the Renaissance, Durham-London, Duke University Press, 1999., pp. 222-249.

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