Enrique IV en Segovia y Medina del Campo

Enrique IV

Enrique IV

Salam, Shalom, Salud (San Antonio el Real) S E G O V I A

El bisexual Enrique IV de Trastámara, erróneamente conocido como “El Impotente”, cuya hija Juana fue motejada la Beltraneja por atribuirse la paternidad a Beltrán de la Cueva, tan pronto se corría sus francachelas con las hermosas rameras segovianas como disfrutaba copulando a su manera con los muchachos moros de la escolta. “Degenerado esquizoide con impotencia relativa…, displásico eunuco con reacción acromegálica”, dice el médico e historiador Gregorio Marañón, quien estudió el real cadáver aparecido en un enterramiento semioculto tras el retablo del monasterio guadalupano.

Pregonan su bisexualismo las Coplas de Mingo Revulgo . Alonso de Palencia enCrónica de Enrique IV insinúa que el monarca mantenía desde jovencito “relaciones inconfesables” con Juan Pacheco, ayo puesto a su servicio por Álvaro de Luna (ejecutado en la vallisoletana Plaza del Ochavo, su cadáver fue descuartizado), a quien se atribuye que se extendiera por las tierras de España la homosexualidad como plaga social y vicio colectivo. Hermanastra sucesora de Enrique, Isabel la Católica, quiso atajarlo en 1497: pena de muerte en la hoguera y confiscación de bienes a los sorprendidos en el llamado pecado nefando. Desde siglos antes, elFuero Juzgo castigaba a los homosexuales con castración en público y, tres día más tarde, suspensión por las piernas hasta que morían.

Cuánto padecimiento e incomprensión ante pequeñas particularidades caprichosas de la madre naturaleza. Por fin, en julio de 2006, el presidente Rodríguez Zapatero, cumpliendo una promesa electoral, firmó una ley en virtud de la cual los y las homosexuales podían unirse con todas las de la ley, nunca mejor dicho. Nuestra querida España daba así un paso de gigante en pos de la modernidad más progresista, tolerante y avanzada.

Pues bien, de Enrique IV viene la construcción del monasterio segoviano de San Antonio el Real. Era uno de los ambidiextros celebérrimos que en el mundo han sido, al estilo de, por poner otros ejemplos, César entre los romanos o Shakespeare entre los ingleses. En Segovia todo empezó con un pabellón de caza, del que aún queda en pie la chimenea, si bien integrada en lo que hoy es monasterio.

Hubo un tiempo de una cierta armonía oficial entre las tres religiones monoteístas durante el gobierno del condestable Álvaro de Luna, seguida luego, incluso superada en el reinado de Enrique con libertad de comercio y préstamos no usurarios bajo el administrador de hacienda, el adinerado Diego Arias Dávila, judío converso poderosísimo en el influyente clan israelita segoviano.

Airoso e indemne salió del proceso al que intentó a todo trance someterlo Torquemada, y del que se libró quedando en tablas por intervención de la Santa Sede. Eran los tiempos del auto del Niño de la Guardia, fallado en Ávila con relajación a la hoguera de varios judíos.

Arias Dávila llegó a ser cabeza de un linaje aristocrático: el de los condes de Puñonrostro. Oriundo de Ávila , como bien indica el apellido, comenzó dedicándose al comercio de la especiería, como otros muchos de su etnia, y le fue muy bien prosperando desde Segovia, donde su madre era turronera y daba golosinas al príncipe Enrique. Se hizo recaudador y alcabalero del príncipe, que heredaría la corona de Juan II. Con su jamelgo recorría los pueblos ejerciendo su impopular oficio y esquilmando a los vecinos. Varias veces hubo de escapar a uña de caballería. De ahí que fuera conocido como “Diego Volador”, según declaraciones del proceso, en que aparece Hoyuelos, pueblo abulense posteriormente redenominado Hoyos de Miguel Muñoz .

En las ferias de Medina del Campo tenía poderes como ningún otro e hizo descomunales negocios. Fue medrando cada vez más a la sombra y protección de Enrique IV, del que llegó a ser secretario y contador mayor. Rico ya y favorecido, objeto de adulación de quienes antes lo denostaran, terminó como cabeza de linaje en que hubo grandes guerreros, eclesiásticos importantes, etc.

En 1464, año crítico para el reinado enriqueño, la liga de la nobleza acusaba al monarca de estar rodeado de infieles mudéjares y servirse de judíos. Era un tiempo de grandeza y exuberancia desorbitadas en muchas facetas de la vida placentera y artística en la corte. Cruce enriquecido de las mejores esencias mahometanas e israelitas y cristianas, bien sazonadas de música y gastronomía y vestimentas a la moda amudejarada. Mezcolanza resultante de tres culturas cultivadas en un trío cultual diferenciado pero armónicamente integrado, económicamente bien gestionado y con finanzas equilibradas. Reflejo del lujazo y poderío cortesano de Castilla en los años del reinado enriqueño, llama poderosamente nuestra atención simplemente visitar lo que conserva en la actualidad el monasterio fundado por el adinerado monarca.

Basta mirar a los techos de convento y quedarnos atónitos por la cantidad y calidad de artesonados, comenzando desde la iglesia, con cuya artesa es sólo comparable la de Santa Clara en Tordesillas, y siguiendo por el resto de estancias y salas del cenobio de religiosas, que además siempre se ha mantenido en toda su pureza sin interrupción, pues nunca fue desamortizado. La fuerte impresión del visitante es mareantemente stendhaliana. Tanto derroche de belleza “no se pué aguantá” ¡Cuán grande y hermoso, bellísimo en su geometría exactamente trazada llegó a ser el arte mudéjar! ¡Cuán rica y poderosa aquella corona de Castilla, tierra entonces la más poblada y productiva de las peninsulares, dominadora sobre las tres culturas: cristiana, judía y mora! ¡Qué sublime sencillez! ¡Qué sencilla sublimidad!

Si alguien quiere disfrutar de un goce estético irrepetible, que venga a Segovia y busque el monasterio. Puedo asegurar que no sufrirá decepción por la visita. “San Antonio el Real” se llama. Está junto al arranque mismo de los primeros arcos de la arquitectura antonomásicamente segoviana: el acueducto romano. En un sitio por dentro de la ciudad, pero tranquilo y sin ruido, sereno y si apreturas, próximo a la antigua cárcel provincial y al coso taurino –el del anillo con mayor diámetro de España- y no lejos de la base mixta de carros de combate, en un amplio solar del alto llano, camino de Valsaín, Riofrío y demás lugares luego conocidos como Real Sitio de San Ildefonso (denominación que debe recuperarse abrillantando más si cabe la restauración de jardines recién concluida y que nos sitúa a la cabeza de Europa), adonde tanto gustaba ir al rey con sus ballesteros y halconeros para practicar su cinegético deporte favorito.

El monasterio está gobernado por una abadesa, natural de la pinariega Nava de la Asunción, hermoso pueblo segoviano asentado entre el Eresma y el Voltoya y que alberga las cenizas del más grande poeta del siglo XX, Jaime Gil de Biedma y Alba, homosexual insigne, noctámbulo incorregible, cónsul de Sodoma desenfrenado, amén de irrefrenable frecuentador de tugurios infernales por los cinco continentes, de Barcelona a Chicago, de Manila a Melbourne y Hamburgo.

El monasterio era hasta hace no muchos años pura ruina en gran parte. Si la llama de la espiritualidad se mantenía despabilada gracias a la madre abadesa y al capellán, don Valeriano Pastor, el santo sacerdote de Turégano, antiguo profesor de Latín y Literatura en el seminario conciliar, de quien tanto aprendimos un buen grupo de inquietos muchachos, la fábrica imponente de su construcción se había ido casi desintegrando con el paso y el peso de los siglos, y más en las últimas décadas de abandono y dejadez. Pero, gracias a Dios y a un hombre, la intervención taumatúrgica lo salvó de la ruina.

Esa intervención milagrosa y costosa y frondosa y hermosa, tan ponderada desde sus sacrificados y constantes y persistentes e ilusionados comienzos, por ejemplo, por M. Á. Chaves Martín, destaca en Segovia dentro de un espléndido ramillete de buenos ejemplos paradigmáticos sobre cómo han de hacerse las intervenciones en pro del turismo de calidad y con recio fuste y altura de miras.

Hotel San Antonio el Real ****

La restauración del monasterio de San Antonio el Real, felizmente llevada a su término hace ya más de un año, significa la coronación del éxito segoviano en la oferta de buenos ejemplos en el ámbito interventor sobre patrimonio. Desde la recuperación de viviendas por iniciativa particular, a la recuperación de la vieja fábrica de harinas de Carretero para casas de protección oficial, la restauración del viejo acueducto y, por fin, la espléndidamente magnífica de San Antonio el Real, convertido en “el más acogedor hotel de toda Castilla y León”. Así lo dije el pasado enero con motivo de presentar un libro en Madrid ante un auditorio internacional de historiadores, y así lo repito ahora y aquí, como lo reiteraré asimismo en la Feria de Abril de Sevilla.

Ubicación

Pero también debo volver a decir, como ese mismo día en la capital del reino, que el artífice, el protagonista, el empresario valiente e intrépido, además de segoviano enamorado de su tierra y su gente, es el economista y filósofo Isaac Martín Herranz, navero por los cuatro costados, hijo de una familia muy representativa en el citado pueblo de Nava de la Asunción. A él se debe que sobre la bimilenaria frente de Segovia de nuevo luzca por fin esa diadema creada por un rey Trastámara en el siglo XV y ahora inteligentemente recuperada y restaurada en la centuria XXI.

He resaltado algunas de las sorprendentes bellezas que atesora el renovado monasterio. Voy a cerrar el artículo con una última observación, no por ello en plano inferior, más bien todo lo contrario -“last but not least”- y de un interés no simplemente destacado o sobresaliente, sino único, exclusivo y, en lo que yo conozco, que es bastante, modestia al margen, insuperado e inigualado en todo el ámbito del mudejarismo.

Pasillo del claustro del Monasterio de San Antonio el Real

Veíamos al comienzo que la belleza nos desbordaba si mirábamos a las techumbres artesonadas de San Antonio el Real. Pues bien si pasamos a la parte del hotel destinada a salones de restaurantes y/o reuniones de empresa, etc., si seguimos alzando la mirada, continuamos disfrutando con la contemplación de techos taraceados y adornados con mocárabes y demás elementos decorativos. Pero -última sorpresa para, sin cansar a lectores ni lectoras, crear demanda insatisfecha- en la insuperable y modélica restauración al adentrarnos a las partes incorporadas como amplios y acogedores salones-restaurantes, según nos dirigimos a uno de ellos, si en vez de elevar, bajamos la mirada al pavimento de cantos rodados, festoneados de ladrillo árabe, nos topamos con la mayor estrella davídica que existe en toda la arquitectura mudéjar del territorio hispánico.

Con las tres etnias están entremezclados nuestros genes españoles. De las tres religiones del libro procede nuestra singular y sincrética cultura. De los tres ríos. Del inagotable hontanar judaico salió Teresa la abulense, o los intrépidos judíos que por vez primera arribaron en 1665 a la que terminaría llamándose Nueva York, aquellos sefarditas hoy recordados en una inscripción frente al Central Park. No quedaría nada mal en alguno de los establecimientos de la Quinta Avenida de Manhattan una foto publicitaria con la estrella de David tomada en San Antonio el Real.

Centrando un lateral del suelo del nuevo hotel segoviano está inscrito el símbolo en perfecta circunferencia. Aparecen fundidos los dos triángulos trazados con cantos rodados y huesos de grandes tabas formando la estrella de David con un diámetro de casi dos metros. Es decir lo cristiano, lo morisco, lo judío. Pero todo ello a lo grande y con elegancia, bien medido y ejecutado con la perfección de tres culturas que se interpenetran y giran de forma armónica e inconfundible sobre un eje único, si bien trinitariamente denominable: Sefarad, al-Ándalus, España.

Recuperación y puesta en valor gracias al tesón de un empresario economista filósofo: Isaac Martín Herranz. Nombre bíblico. Si el apellido paterno recuerda al dios batallador, capaz de enamorar a Venus, el materno refleja el hierro reciamente forjado en las fraguas de Vulcano.

Que los dioses sigan sonriendo en paz a nuestra Segovia altanera, artillera, comunera, ganadera, hechicera, monedera, montañera, pañera, piñonera, resinera, torera, turronera… habitada en la noche de los tiempos por guerreros celtas, luego por los romanos, después ya los cristianos, moros y judíos: ¡ Sefarad, al-Ándalus, España! ¡Salud, Salam, Shalom!

Fuente: http://www.delsolmedina.com/EnriqueIV.htm

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